NO ÁMBAR

by • April 4, 2013 • Kulturtectura, Notas desde aquí abajo, Volume 07Comments (0)1774

C_Ambar

por

Francisco Jota-Pérez

La Cultura es un relato y el contemporáneo es una multiplicidad de líneas narrativas, todas ellas coherentes, sumidas en la atemporalidad. ¿Qué hay del futuro, pues? ¿Cómo podemos ya no sólo prever en qué dirección se va a mover el hecho cultural, sino forzar el rumbo de éste, considerando que, a todas luces, la Cultura parece haber quedado en estasis, atrapada en el ámbar de su propia historia? Un buen punto de partida sería abandonar de una vez por todas el determinismo e incorporar nuevas herramientas al proceso creativo futurológico.

La inmensa mayoría de las escuelas de pensamiento prospectivo del siglo pasado, incluyendo algunas de las más transgresoras, eran deterministas. En esencia, se dedicaban a extrapolar patrones conocidos, generando una versión extrema de lo ya existente: “si el medio es el mensaje, y la cultura de masas es crecientemente superficial, podemos predecir con muy poco margen de error el advenimiento de la estrella pop holográfica, generada por ordenador”, “tanto el coche como el avión existen y tienen funciones concretas, parece inminente entonces la llegada del coche volador de función híbrida”, y etcétera.

Esto ha llevado a que hoy, en conjunto, sintamos una cierta decepción con respecto al futuro. Por un lado, casi nada de lo que se nos prometió se ha visto cumplido; no vamos al trabajo en mochilas-cohete, no andamos seguros por las calles gracias a nuestras pistolas láser no letales, no dedicamos nuestro ocio a experiencias de inmersión interactiva total por las que ser protagonistas o estrellas invitadas en nuestra película, serie, videojuego o escena porno favorita, no vamos a ir de vacaciones a Venus… Por otra parte, lo que sí hay de futurista en el presente nos parece algo desgastado, un subproducto, un premio de consolación. El cinismo inherente al capitalismo de libre mercado nos ha implantado desde bien pequeños la idea de que lo que tenemos ahora no es más que un valor añadido a lo que se tenía antes (hecho que también está relacionado con la necesidad del mismo capitalismo liberal de disimular y disfrazar la atemporalidad vigente): “un smartphone es sólo un teléfono que puedes llevar encima y al que hemos incorporado una camarita y unas cuantas funciones extra, pero, oye, es sólo un teléfono, da igual que ahora te quepa en el bolsillo una puerta de acceso a todo el conocimiento del mundo”, “las redes sociales son sólo un bar muy grande, al que para acudir no tienes ni que salir de casa, sí, claro, ahora puedes conocer a diez veces más personas con tus mismo intereses que nunca antes, y compartir lo que sea con ellas, al instante, y obtener feedback a tiempo real, pero, ey, es sólo un bar grande”

He ahí el determinismo, demostrándose mediante estos síntomas (decepción, encogimiento de hombros y cero fe en lo que vendrá) totalmente inútil para el pensamiento de esta era, fallándonos a la hora de abrir los cimientos sobre los que construirnos un mañana óptimo.

Basta con echar un vistazo a las ciencias emergentes (descritas como NBIC: Nano-Bio-Info-Cogno), o más bien al modo en que éstas se organizan y lo que las caracteriza y define, para apercibirse de que estamos padeciendo un divorcio entre planteamiento y función, entre idea y vehículo del progreso. La ciencia del siglo XXI ha hecho un durísimo esfuerzo por evolucionar y separarse de su inmediata predecesora del siglo XX: allí donde una era cartesiana, institucional, exclusiva, unificadora y proteccionista, ésta es ahora compleja y conectiva, contextualizada y colaborativa, inclusiva, diversificadora y tendiendo al código abierto. Contingente y probabilística (es decir, totalmente antónima al determinismo), la nueva ciencia reconoce sin inmutarse, pendiente siempre de la siguiente meta, que cosas en principio tan básicas como el método y la jerarquía fueron ficciones útiles en su momento, que sirvieron a su objetivo y que, una vez logrado éste, debían descartarse para su superación. Por el contrario, la filosofía y buena parte del arte siguen aún aferrándose a los peores postulados del postmodernismo, estancadas en un contenedor de deconstrucción, desencanto y desacralización que se cree una piedra preciosa y no es más que resina de antaño, residual y fosilizada.

Otra disciplina que tiene mucho que enseñarnos, y con la que convivimos día a día es el diseño. Partiendo de las primeras vanguardias hasta llegar a colectivos actuales como BERG o el Design Fiction Laboratory, podemos comprobar cómo diseñadores y proyectistas (muchos de ellos, reconociéndose directamente influidos por la ciencia-ficción) se han afanado durante años en proporcionarnos una “imagen” de futuro, objetos no sólo bonitos y funcionales sino también de aspecto moderno y terriblemente avanzado más allá de su uso (¿quién no vio por primera vez un iPhone y pensó en algo que bien podría llevar encima un explorador galáctico o un héroe ciberpunk? ¿quién no siente un cosquilleo fantasioso cuando se encuentra con alguien paseando en Segway?), empeñados en empujarnos hacia delante, hacia una hipótesis de progreso.

Tomando nota de esto, ¿no sería viable también un diseño de ideospacios, de marcos conceptuales visionarios, infinitamente reformulables y mutantes, jugando a fingir que el futuro es ahora y es nuestro y está todo por hacer, por lo que todo vale? Inspirados por las ciencias emergentes, ¿no podríamos pedirle a los generadores de la Cultura, a la filosofía, el arte y las letras, un compromiso en firme, libre de poses reaccionarias y pretendida reverencia a la tradición, con la contingencia, con la exploración y la probabilidad?

Olvidamos demasiado fácil que la futurología ha sido y es un diálogo entre el presente y el(los) futuro(s), por lo que todo lo que digamos puede siempre matizarse o retirarse; cabe fabular tanto como pedir perdón, oponerse a la mímesis, por la que un relato acaba siempre empantanado en convenciones y fórmulas manidas, con diégesis, con radicales fórmulas ficticias, por más que difieran o incluso contradigan la realidad. ¿Por qué no? Si de lo que se trata es de dirigirse de tú a tú a algo tan inmenso como el porvenir, ¿por qué no actuar en consecuencia y crecernos, intelectualmente a su altura? Que la conversación sea interesante y también un poco mágica, y que tras la charla y los preliminares, cuando éstos nos lleven a la cama (porque todos sabemos que indefectiblemente acabaremos en la cama con ese gigante), favorezcan la mejor experiencia posible, un revolcón mutuamente placentero, cómplice y extático.

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