Drive

by • May 2, 2013 • Notas desde aquí abajo, Volume 08Comments (0)857

Por Juanma M.

Existía a uno o dos pasos del mundo común, en gran medida fuera del alcance de la vista de la gente, una sombra, casi invisible.”

Antes de que Ryan Gosslyng convenciera al frikazo Nicolas Winding Refn para que dirigiera esa especie de homenaje a las viejas películas de coches de Steve McQueen cuyo protagonista apenas articula una frase completa en toda la película, James Sallis era ya un escritor relativamente conocido y con reputación de mosca cojonera a partir de una serie de artículos tremendamente críticos con su gobierno tras la tragedia del Katrina, un desastre que le tocó vivir en primera persona. Aquí abajo disfrutamos bastante con El Tejedor, primera de una serie de novelas protagonizadas por un detective negro, Lew Griffin, ambientada en New Orleans. A la manera de Loco por Donna de James Ellroy, más que una novela es una colección de casos (momentos) sin demasiado en común entre sí  a lo largo de cuarenta años con tono de blues y ecos de Chester Himes. Ambientes sórdidos, personajes depravados, tipos duros, jazz y blues, alcohol… Todo lo que un noir clásico debe tener y además con un punto de feeling. Además de escribir ficción criminal, Sallis es autor de varios ensayos sobre jazz y blues, sobre Jim Thompson, Chester Himes, David Goodis y sobre el estilo literario de Samuel R. Delany, además de ser poeta y músico. A partir de la adaptación de Drive, Sallis no deja de recibir llamadas de productores de Holliwood preguntando por una secuela. Y no tiene problema alguno en reconocer que si la ha escrito es por ese motivo.

Hay tanto de Parker en el protagonista de Drive  como del personaje que interpretaba Clint Eastwood en los westerns de Leone y los suyos, especialmente El Jinete Pálido. Un personaje sin nombre (Driver, simplemente) ni ataduras, seco, callado y poco interesado en el mundo que le rodea, un fantasma que aparece para hacer su trabajo para volver a difuminarse una vez completado. “Yo no participo, yo no conozco a nadie, no llevo armas. Yo solo conduzco.”. Una sombra en un mundo fantasmal fuera del tiempo, el tipo que se aleja hacia la puesta de sol cuando todo ha terminado.

Drive funciona por sustracción. Todo lo que debería ser el cuerpo de la novela ha sido destilado y reducido a la mínima expresión, desde la historia de amor (practicamente contada en tres o cuatro frases) hasta cualquier tipo de referencia temporal, pasando por las descripciones y los diálogos. No existen los ordenadores, ni las videocámaras ni los teléfonos móviles en el universo Drive, los atracos se realizan entrando en los sitios pistola en mano, con un coche en marcha en la puerta preparado  para la huída. Aunque está situada en nuestros días, la historia podría ocurrir exactamente igual en cualquier momento de los últimos cuarenta años. Los capítulos apenas alcanzan a llenar dos o tres páginas, la esencia de una escena cada uno y la historia no para de saltar adelante y atrás en el tiempo sin molestarse en dar más datos que los estrictamente imprescindibles. Sumado esto al punto de lirismo que recorre toda la narración da como resultado una historia que parece transcurrir en algún lugar fuera del tiempo, en un espacio casi onírico.

James Sallis es muy consciente de que juega con arquetipos muy asumidos a estas alturas de la historia, un profesional, un plan que sale mal, una venganza, ambientes cochambrosos, motivos ocultos, un amor puro, personajes atrapados en una marea de acontecimientos que escapan de su control en un mundo que parece tomar las decisiones por ellos… “Cada vez que creías que entendías algo, el mundo se tapaba la nariz y seguía por su camino, y volvía a hacerse -seguía siendo- ilegible.”.

La continuación de la novela, El Regreso de Driver (Driven, en el original), escrita a rebufo del éxito de la adaptación fílmica, conserva algo de ese tono fatalista, pero pierde mucho de la fuerza mítica de la primera parte, por tratarse de personajes ya conocidos, por ser una narración completamente lineal y, sobre todo, por una excusa argumental algo cogida por los pelos. Una secuela entretenida, también seca y violenta, pero para nada a la altura de Drive.

 

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