Embassytown, de China Miéville

by • September 12, 2013 • Notas desde aquí abajo, Volume 12Comments (0)2167

“Las historias y los secretos pelean, ganan las historias, liberan nuevos secretos, contra los que luchan nuevas historias, y así sucesivamente.”

Siempre ocurre igual con China Miéville: esa sensación de que se te escapa algo.

Como aterrizar en una ciudad desconocida donde todo el mundo habla una lengua incomprensible. Al principio todo es caos y ruido, pero poco a poco van revelándose los patrones que ordenan las calles y se comienza a entender alguna palabra. Lleva algo de tiempo y esfuerzo, pero al final todo es familiar y amigable. Embassytown es un poco eso. Complicada al principio, situada en un marco poco habitual y cargada de vocabulario inventado cuyo significado Miéville no siempre se molesta en explicar. Orgulancia, Immer…

El desconcierto es una baza que Miéville domina a la perfección. Sus primeras novelas lo conseguían a base de saturación y desmesura, mezclando sin ningún tipo de complejo ni vergüenza izquierdismo radical con científicos locos, monstruos lovecraftianos con inteligencias artificiales o trenes con criaturas salidas de dungeons&dragons o final fantasy en un crisol en el que todo cabía. El ciclo formado por La Estación de la Calle Perdido, La Cicatriz y El Consejo de Hierro constituyen un ejemplo de imaginación desatada en los que todo cabe y todo encaja, muchas veces gracias al estilo recargado y la convicción con que están contados.

Y por los escenarios en que transcurren. No son casuales los títulos de las novelas: La Estación de la Calle Perdido, La Ciudad y la Ciudad, Embassytown (Ciudad Embajada). Para Miéville, arquitecto de corazón, la importancia de los lugares es pareja a la de personajes y trama, sus ciudades no son solo cartón piedra, sino entes con su personalidad, su trasfondo, sus juegos de poder. Así que lo primero siempre es pasear por esa ciudad desconocida, convertir el caos y el ruido en un entorno más familiar. La historia no comienza en serio hasta que el lector no ha aprendido a orientarse entre el caos.

Si La Ciudad y la Ciudad era a su manera un relato policiaco clásico (aunque en un entorno inédito), Embassytown es, o parece en un primer momento, ciencia ficción clásica, con sus razas alienígenas(“presencias impasibles, incomprensibles”), sus viajes por el hiperespacio y toda la parafernalia habitual, pero eso solo es el primer paseo por el escenario. En el momento en que se empiezan a entender las dinámicas que rigen esa Ciudad Embajada, los límites y el carácter extraño de los aliens que la habitan, cuando Miéville nos ha convencido de que estamos leyendo un Space Opera, la vida y aventuras de una viajera estelar, todo cambia.Y el desconcierto continúa.

Este primer paseo por Embassytown lo damos de la mano de la protagonista y narradora de la historia, Avice, que entre flashbacks se encarga de ir presentando esa extraña ciudad viva en el borde del universo conocido, al tiempo que nos cuenta su vida de viajera estelar desde su infancia hasta el momento presente de la narración. Es gracias a ella que conocemos a sus habitantes originales y recibimos las primeras nociones del extraño idioma que hablan, uno en el que es imposible mentir y que solo algunos embajadores cualificados pueden comprender.

Embassytown  narra una crisis profunda, tan profunda como para provocar una revolución que lo cambia todo. Pero sobre todo es una novela sobre el lenguaje. Esa máxima que afirma que conocer un idioma es en realidad conocer una manera de ver el mundo está en el fondo de esta novela. Para una especie cuyo idioma no concibe otra cosa que la verdad más literal, el mundo es de una cierta manera. Cuando ese idioma queda contaminado por la irrupción de la mentira, la poesía, la metáfora… el mundo cambia, y los cambios son complicados, duros y no aptos para todos. Dicho así suena espeso, pero una de las cualidades de Miéville, lo que realmente da la medida de lo gran narrador que es, es que consigue que la lectura resulte no ya atractiva, sino directamente apasionante. Y diferente a todo.

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