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Sitges 2013 (II): Entre el presente y el futuro

by • December 7, 2013 • Notas desde aquí abajoComments (0)2555

Por Daniel Lasmarías

Hablábamos de los films vistos este año en Sitges, con la intención de hacernos una idea (quizás precipitada y superficial… pues no abarca más allá de los margenes marcados por el propio festival) de la situación del Fantástico en la actualidad y nos encontramos con una gran cantidad de películas que sólo se veían a si mismas y a su herencia sin ir mucho más allá, sin aportar nada destacable. Hay excepciones, como cuando este mirar al pasado servía para reflexionar sobre el propio género (Jodorowsky’s Dune o Only Lovers Left Alive) dando lugar a dos de las proyecciones más interesantes de este año.

 ¿Pero hay futuro?

 Si el futuro es The Philosophers (John Huddles) mejor no visitarlo. Insultante y aburrida clase de filosofía donde un profesor presenta diferentes escenarios a un grupo de genios que viven en el sudeste asiático. Los alumnos resultan ser unos niños pijos occidentales bastante tontos y el profesor un rencoroso pueril. Para los amantes de los libros de autoayuda que crean que Coelho es el gran filosofo de la modernidad.

 Más interesante resulta We Are What We Are (Jim Mickle), también mucho más compleja. Remake de una película anterior, la trasciende por el camino de la contención hasta convertirse en una especie de nuevo representante del gótico americano. Historia de canibalismo en el seno de una pequeña comunidad que termina de forma abrupta y violenta, pero totalmente coherente con el resto del film. A pesar de ser un remake y de remitirse a varios tópicos del terror americano (también su final, deudor de los tebeos de terror de los años cuarenta y cincuenta), We Are What We Are mira también hacia el futuro de forma valiente. Cine adulto de calidad que busca alejarse de los tópicos y alimentarse a la vez de la rica tradición del terror norteamericano

 Sin embargo, se detecta un cierto estancamiento de las grandes producciones estadounidenses. En Sitges este año se las ha visto cómodas alimentándose de sus tópicos, pero sin atreverse a jugar con ellos, ni a romperlos, ni a sorprendernos con ello. No viven del pasado, sino que se contentan con un presente con el que ir tirando.

 Por ejemplo, The Call (Brad Anderson), entretenida durante buena parte de su metraje termina cayendo en los peores tópicos posibles, haciendo lo que se conoce como un “Juego de Hollywood” a mayor gloria de su estrella, Halle Berry. También tópica, pero divertida y (curiosamente) honesta es Insidious: Chapter 2 (James Wan), consciente de no aportar nada más que entretenimiento; del pasado vive también Raze (Josh Waller), concretamente del cine de artes marciales de los noventa… pero reinventado y destilado hasta casi la abstracción: mujeres en el foso luchando por su vida… y Zoë Bell repartiendo hostias como panes.

 El cine independiente (y raro) tampoco parece renovar nada. Así Wrong Cops (Quentin Dupieux), perdido el efecto sorpresa de Rubber, permite a su director seguir con su extraño universo a medio camino entre el absurdo y la tontería naif.

 Quizás el futuro esté en otras cinematografías. Ugly (Anurag Kashyap) rompe los tópicos del cine indio y se marca un policial duro y descorazonador donde la sociedad hindú queda muy mal parada; o Big Bad Wolves (Aharon Keshales), dónde desde Israel se nos plantea una historia igual de dura, pero salpicada de grandes dosis de humor negro al estilo Cohen.

 Estos países afrontan las mismas historias desde puntos de vista diferentes, pero renovadores ambos. Una agradable corriente de aire fresco viene de allí.

 Y auténticamente revolucionaria es la propuesta inglesa A Field in England (Ben Wheatley), rodada en blanco y negro y muy bajo presupuesto. Nos narra como un grupo de soldados, durante su Guerra Civil (s. XVI), termina en una placida pradera atiborrados de setas alucinógenas y practicando hechicería. Una auténtica maravilla visual, estructurada como si de un conjuro se tratase, que demuestra que mirarse a si mismo y a su historia también puede ser una buena forma de asaltar el futuro.

 La mejor película de este año fue la esperada. Y eso nos plantea un problema. Es una extraña sensación encontrarte que lo mejor es algo que ya esperabas que fuera bueno. Suena raro, pero en un Festival esperas un “descubrimiento”, en el fondo una actitud egoísta y carente de razonamiento lógico. Sin embargo, que The World’s End (Edgar Wright) sea la mejor película vista este año (para este cronista, por lo menos) habla de la calidad del resto de cintas, sin grandes sorpresas, llenas de películas “normalitas”. Un fantástico de clase media.

 La cinta de Edgar Wright da lo esperado e incluso lo mejora. Es una película divertida y vibrante, sin las caídas de ritmo de sus anteriores propuestas. Un acierto y una película muy recomendable.

 Como recomendable es el Shakespeare que Whedon se ha regalado (Much Ado about Nothing) para celebrar que ha alcanzado el éxito; o Only God Forgives (Nicolas Winding Refn) donde el director de Drive navega en las turbulentas aguas de la culpa, la maternidad y la inhibición.

 Pero volvamos atrás, recapitulemos:

 Ugly, Big Bad Wolves, Much Ado about Nothing, Only God Forgives son grandes películas, pero no son Fantastico (sus propuestas abarcan desde el cine negro a la comedia de situación); y Jodorowsky’s Dune es un documental.

 Incluso la gran sorpresa de la semana, Cheap Thrills (E.L. Katz), una comedia oscurísima sobre el poder corruptor del dinero, era eso, una comedia (aunque tú decidías el momento en que te dejabas de reír y empezabas a horrorizarte)

 ¿Qué queda?

 ¿Los vampiros melancólicos de Only Lovers Left Alive? ¿El gótico americano de We Are What We Are?¿La psicodelia isabelina de A Field in England? ¿El gamberrismo macarra de The World’s End?

 ¿Ese es el futuro del fantástico? Puede. Son buenas películas.

 O puede que el futuro sea Upstream Color (Shane Carruth), muy discutida película. Extraña y críptica. No se ve con facilidad, porque hay que esforzarse en entenderla y descifrarla. Su director, el mismo que el de Primer, nos esconde información y nos obliga a pensar y repensar su obra, una historia sobre la empatía y sobre ladrones de almas y sobre gente incompleta y herida.

 No es un camino fácil, pero quizás sea el camino correcto. Quizás el futuro del género sea abrazar sin complejos la poesía.

 Sería bonito.

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