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Aïsha Devi en Mutek BCN

by • March 17, 2017 • Conciertos, MosaicoComments (0)752

Por Xevi Bruguera

Aïsha Devi, Mutek Barcelona 2017, Fábrica Estrella Damm
La puesta en escena para los directos, en la música electrónica, siempre ha sido cuestión peliaguda. Hay pocas cosas más sosas que ver a una persona, normalmente un hombre blanco de mediana edad, mirando obsesivamente la pantalla de un portátil, tocar botoncillos y mover la cabeza de forma espasmódica, más o menos al ritmo de la canción que esté sonando en cada momento. Pero tampoco podemos pretender que algo es lo que no es, y si la música electrónica, en la mayoría de casos, se crea mediante la manipulación de programas de edición y creación de sonido, su ejecución en directo debe seguir derroteros parecidos. Por suerte para todos los aficionados a este tipo de música, el concepto ha evolucionado bastante, y dentro de los diversos recursos de que se dispone hoy en día para convertir un live de electrónica en algo dinámico y ameno, sin duda el más importante es el acompañamiento de visuales.

Pero cuidado, no vale con meter imágenes de peña bailando en loops antinaturales, imágenes de pelis antiguas y fractales random. La idea es crear un diálogo más o menos coherente entre experiencia musical i experiencia visual, encontrar una estética coherente con la música, con lo que esta evoca. La importancia de esta coordinación es importantísima, y cuando se llega a niveles de compenetración absoluta, los directos que resultan de todo ello pueden resultar memorables. La importancia del factor visual es tan alta que nos encontramos con propuestas que nos resultan imposibles de imaginar sin el acompañamiento de cierta estética y cierto tipo de imágenes, como sucede con Moderat, con Max Cooper, o con Vessel, por citar a tres proyectos muy diferentes que tienen en común la importancia del apartado gráfico en sus directos.

Y tendremos que sumar a esta lista a Aïsha Devi. La artista suiza de origen nepalí, anteriormente Kate Wax, siempre ha cuidado mucho la puesta en escena (en su anterior proyecto actuaba enmascarada), y su último proyecto llega a cuotas excelsas en este apartado. Servidor venía preparado para cierto aire espiritual a raíz de algunas entrevistas concedidas por la artista, pero nada te prepara para un viaje como el que vivimos el pasado sábado. La espiritualidad en versión asiática, mezclada con el digitalismo millennial y con la psicodelia como hilo conductor y empaste para dos temáticas que en principio parecen alejadas. Pero está claro que si algo puede unir la modernidad radical con la filosofía más ancestral es un buen chute de LSD, o de Peyote, o de Ayahuasca, o de DMT, encontrando las típicas conexiones que sólo encajan en un cerebro drogado o hiperextendido (¿sinónimos?), y el efecto de estas drogas a nivel visual se reproduce con una exactitud sorprendente en los visuales que disfrutamos en el directo de la productora suiza. Resaltar que, a diferencia de lo que sucede en la mayoría de representaciones artísticas de lo psicodélico, en esta ocasión también tuvimos una buena cuota de lo que se conoce como mal viaje, esa parte del colocón que tantas veces se ignora. No todo son imágenes caleidoscópicas, efectos de colorines y naturaleza desbordante, también hay claustrofobia, paranoia, ansiedad y miedo.

Algo de todo esto tiene la música de Aïsha Devi, con bases de percusión metálica, industrial, a tempos lentos, sinuosos, incómodos para bailar si uno está acostumbrado al 4×4. Contraste tremendo con la voz entre operística y mística de la productora y cantante, recordando poderosamente en algunas fases a Björk, incluso en la expresión facial. Contraste también con la paleta de sonidos utilizada para las melodías y los arreglos, sonidos tranceros a lo Tiësto, Van Buuren o Digweed, pero tan descontextualizados que nos transportan más al hinduismo o al zen que a Wonderland o a una rave en Goa. Hablando de Goa, el Psy-Trance y el Goa-trance tenían monopolizada toda la estética místico-oriental en la música electrónica, al menos en mi imaginario personal, pero el concierto que estoy reseñando acabó con esta asociación de una vez por todas. Aïsha también puso su granito de arena con su aspecto, punto rojo entre las cejas con tres rayas blancas horizontales superpuestas, movimientos de manos a lo Madonna en Frozen, una especie de kimono samurái y tattoos y demás parafernalia claramente japos.

Habrá quien se empache con tanto referencia new age con sólo imaginarla, habrá quién no le llegue todo este rotllo de espiritualidad y música electrónica, pero la sensación en la sala era de bocas abiertas y de trip en toda regla, y personalmente, asistí a una de las mejores actuaciones que recuerdo.

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