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Tatsumi & Masako, Vyšehrad

by • January 25, 2017 • Mosaico, NoticiasComments (0)593

Por Xevi Bruguera
Foto Vanessa Rodriguez

Hay experiencias que permiten aglutinar ideas, cohesionarlas y darles sentido. Vivencias que permiten mirar hacia el pasado y dar una nueva luz a lo vivido, o en el caso que nos ocupa, a lo creado. Una coherencia que envuelve los retazos creativos anteriores y que aporta inspiración para nuevas creaciones. Al final, un leitmotiv que arropará una obra artística y le dará una unidad que permitirá hablar de un álbum, no de una colección de canciones.

Vyšehrad, la nueva obra de Tatsumi & Masako, parte de una experiencia de este tipo. Raül Sala, el hombre detrás del pseudónimo japonés, mitad de Talco (en compañía de Marc Nurel), y cerebro detrás del ciclo Artclic! junto con el mismo Marc, viajó este otoño a Praga, ciudad bella y fría, belleza agridulce por mostrar a las claras un pasado esplendoroso que no se corresponde con el presente. Ciudad musical también, con filarmónicas en cada esquina (exagero, evidentemente, pero no tanto). Un cóctel que sin duda puede resultar embriagador para una mente sensible y creativa como la de Raül, y que ha provocado la consumación de diez temas de nuevo cuño con una estética parecida y algunos puntos en común bastante claros.
Empezamos por la melodía. Para servidor, el motor detrás de todas las canciones de Vyšehrad, y el protagonista absoluto del álbum. En el tema titular, por ejemplo, encontramos unos pads montados sobre un bajo sostenido, que crean el clima emocional adecuado para que la melodía que acaba entrando, con sonido de campanillas, se lleve el gato al agua. En Moldava, otro bajo sostenido y otra melodía etérea, espaciosa, vuelven a crear la belleza que culminan unos pads agudos, casi estridentes. El acompañamiento percusivo, en ambos temas, lo encontramos en un segundo plano, bombos rotos, glitches que suenan a platos. Y aquí encontramos otra de las características del álbum, las percusiones formadas por bombos con la fuerza justa, cargados de ataque pero con poco cuerpo, ritmos rotos, hi hats ligeros y fuera de los patrones machacones del house o el techno, a ratos la sensación de estar escuchando una caja de música, todo ello transportándonos a las pautas estilísticas de la inditrónica más ortodoxa, Morr Music como sello de cabecera y grupos como Lali Puna, múm, Phonem o Styrofoam compartiendo paleta y calado emocional.

Pero hay mucho más que inditrónica. Karluv most empieza como un tema de Orbital, con el bajo y las percusiones de madera recordando poderosamente a los hermanos Hartnoll, pero frenando la euforia de estos y llevando el tema a terrenos más intimistas, en consonancia con el resto de las canciones. Staré Mesto, uno de los temas más extraños del álbum, se construye alrededor de unas melodías tristes, casi fúnebres, sensación que se realza con el sonido utilizado, parecido al órgano de una iglesia. Su tema hermano, Nové Mesto, utiliza unos pads agudos, con cierta sonoridad post trance, que recuerdan algunos temas de Crystal Castles en III, su penúltimo álbum. Malstrasa es un tema más digital, con su bajo sinuoso y esa melodía soñadora, un poco a lo The Knife, que entra un momento, desaparece, pero se queda flotando en el éter mental del oyente. Pequeñas dosis que transforman la escucha en un viaje ameno y lleno de detalles a los que volver una y otra vez.
Y esta es, quizá, la última característica básica de Vyšehrad, la brevedad de los temas, con la mayoría sobre los dos minutos pelados. En una conversación informal con Raül, este me comentaba la libertad que había sentido al no tener que preocuparse por estructuras enrevesadas y presentar las canciones con la única intención de mostrar algo bello. Miniaturas electrónicas, orfebrería acústica en pequeño formato, la belleza en los elementos más pequeños, intentado concentrar la impresión en una joya, huyendo de catedrales y castillos. Podemos tener la sensación de observar esbozos impresionistas, pero la coherencia del sonido utilizado, de las sensaciones que se quieren transmitir, con el pequeño formato, es indiscutible. Mustek nos ofrece una melodía más clara y continuada sobre una percusión de bombo y caja más tradicional, acompañada de efectos percusivos que dotan a la canción de dinámica frente a la repetición rítmica. Muzeum utiliza una percusión de batería orgánica y una melodía misteriosa, enfrentada o unos toques sostenidos y distorsionados, recordando vagamente a una guitarra.

El disco acaba con los dos temas de más duración, y que son un compendio de las diferentes ideas que hemos vislumbrando durante el álbum combinadas con recursos aún por explorar. En Franz, un bajo sinuoso parecido al de Malastrasa se combina con una percusión más marcada de los habitual y un sampler de voz que va repitiendo “That’s the place”, redobles de glitches y melodías y efectos que nos llevan a un groove marciano pero irresistible. Para acabar, Josefoc empieza con un sonido como de juguete mecánico al que se le está dando cuerda, o quizá de reloj astronómico, sigue con un sinte cargado de delay y reverberación que llevará el peso del tema, y se completa con una melodía luminosa e irregular, un delay casi infinito aplicado a un arpegio minúsculo que crea una de las atmosferas más seductoras y a la vez oscuras de todo el álbum.
Vyšehrad se escucha del tirón con una facilidad insultante, permite una percepción relajada pero no pierde profundidad si se busca el detalle. Nos transporta a un lugar bello, lleno de recovecos preciosos, pero con una pátina de melancolía que lo salpica todo, una frialdad dulce, y que en su brevedad deja un poso fugaz pero duradero, pequeñas manchas de luz en la retina de nuestra mente.

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