APOCAFILIA

by • August 15, 2013 • Kulturtectura, Notas desde aquí abajo, Volume 11, VolumesComments (0)2312

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Otra muestra de pésimo relato futurológico cultural contemporáneo, fácilmente excusable por ser el producto lógico del caldo de cultivo de estos tiempos de crisis económica e infoxicación que estamos viviendo, son las distopías modernas y la proliferación casi pandémica de las ficciones apocalípticas.

Simplista, perezosa y contraproducente, la apocafilia, el apego a las teorías apocalípticas, es un síntoma evidentísimo de infección hauntológica a la Cultura, la cual formula cataclismos, hordas zombi, rebeliones autómatas y sequías extremas de combustible fósil a modo de antígenos, en un desesperado intento por que algo cambie irremisiblemente, aun a costa de que el cuerpo (en este caso, corpus) muera.

La apocafilia es simplista, por cuanto no contempla, por regla general, la complejidad y las distintas profundidades de discurso que deberían ser obligatorias en toda premisa futurológica. No todos los escenarios posibles pueden ser el mismo escenario posible, unitario; cada contexto, ya sea geográfico o sociocultural, posee unas características propias y, a partir de éstas, acepta y asimila innovaciones, cambios y circunstancias a su propia manera. La “hecatombe” intelectual pregonada por muchos y basada en que por falta de talento, servilismo al mercado y corrupción de ideas la música, la literatura, el cine y otras formas populares de arte han muerto, queda fácilmente descartada cuando echamos un vistazo al panorama cultural surafricano, por ejemplo, o a la nueva literatura experimental japonesa, a los avances en filosofía y teoría de la ciencia que en el último par de años se están llevando a cabo en las universidades del norte de Europa, el arte subversivo en Malasia, los movimientos vanguardistas del sudeste asiático y un largo etcétera. Que en estos lugares impere tal excitación, dinámica y gusto por la evolución, indica pues que esos informes sobre la defunción de la Cultura son, cuanto menos, exagerados.

El amor al fin del mundo tal como lo conocemos es, además, una postura perezosa (ya lo dijo Slavoj Zizek en una de sus conferencias pasto de YouTube: “es más fácil imaginar el Armageddon que el fin del capitalismo”) que nos instala en una superficialidad de memes, compartidos hasta la extenuación, en los que se nos muestra a individuos, por lo general jóvenes, enganchados a sus dispositivos móviles como si se tratase de una avanzadilla de no muertos dependientes de una vasta máquina dadora de no vida, cuando deberían, como antaño, estar aprovechando sus energías en frenéticas raves o improvisadas luchas de almohadas durante oligofrénicas fiestas de pijama. Pocas veces se menciona que esos supuestos redivivos forman parte ahora del mayor tejido social que el ser humano haya tenido a su disposición jamás antes en la historia, que algunos de ellos están redefiniendo el presente al inventar, sobre la marcha y a fuerza de uso, nuevas funciones y costumbres (sean éstas más o menos cuestionables, o no), mientras otros dan pasos de gigante hacia la gamificación y la progresiva virtualidad de su mundo y aún otros, un poco más allá, están armando algo a la vez tan simple y tan poderoso como un Avatar Psicodélico con el que evadirse de tanto prejuicio retrógrado.

Por último, y puede que esto sea lo verdaderamente peligroso en el discurso relativo a la Catástrofe Última, está el hecho de lo muy contraproducente para el diálogo presente-futuro que éste resulta. Según el futurista Jamais Cascio, “se supone que el motor principal de una predicción distópica es la advertencia y el deseo de cambio en nuestro comportamiento, a fin de evitar dicho destino apocalíptico; pero cuando un escenario es mostrado de forma tan desoladora que no ha lugar para la esperanza, el resultado es, habitualmente, el opuesto: el público se rinde”. Trasladada al plano cultural, esta afirmación se muestra evidente cuando reparamos en lo rápido que los pregoneros apocafílicos se olvidan de que la resiliencia es una capacidad intrínseca a la Cultura y se abonan a postulados que llevan a plantearse la conveniencia de adaptarse a un paradigma distinto, si dicho paradigma está tan condenado a la extinción como el anterior. La respuesta a tal actitud, sin embargo, es obvia: la disrupción, y por consiguiente el futuro, no llega cuando la Tierra trema y el Mesías con la varita mágica que otorga el completo control sobre el destino desciende del séptimo cielo de ecuaciones y frases macroeconómicas, sino con las pequeñas aclimataciones al presente y las minúsculas reformas cognitivas que nos dejamos hacer en el día a día, contribuyendo de forma proactiva al diálogo; con el abandono consciente, pizca a pizca, de lo obsoleto; con la reivindicación, como ya se ha mencionado antes aquí mismo, del derecho a que todo esté aún por hacer y, en mayor medida, con el autoconvencimiento de que lo que queda por delante bien podría ser infinito y, desde luego, es nuestro, por lo que debemos pensarlo en consecuencia.

Es tarea de cada uno de nosotros, y una no demasiado complicada, casi un juego, el suspender indefinidamente el Apocalipsis, aunque éste sea sólo conceptual. Hagámoslo, y comprobaremos que al enfriar los colores del futuro y limpiarlos de tonos azufre y caldera, alisar su textura, libre de aristas y filos punzantes, éste luce incluso mejor que el mejor recuerdo que atesoremos; aunque sólo sea porque es territorio virgen, aún por poblar.

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