ATEMPORAL

by • February 27, 2013 • Kulturtectura, Notas desde aquí abajo, Volume 06Comments (2)3321

atemp

 

por Francisco Jota-Pérez

 

La futurología es la disciplina dedicada al análisis del proceso de cambio de paradigmas culturales y su proyección de éstos hacia el futuro en forma de escenarios más o menos probables, aproximadamente plausibles. Teniendo en cuenta esta definición, pues, es fácil deducir que existen casi tantas escuelas, tantas corrientes futurológicas, como individuos dedicados a dicha disciplina. Está Brzezinski, con su idea del futuro “tecnotrónico” y el hombre perdiendo el control sobre su propia tecnología, y está Fukuyama y su “fin de la historia”; Kevin Nelly y Bruce Sterling, por su parte, hacen hincapié en que la interconectividad y las nuevas formas de diseño conducirán necesariamente a la descentralización cultural y a la creación de un régimen de tendencias “blando”, mientras John Naisbitt y Patricia Aburdene hablan de “Megatendencias”… Y cada uno de ellos tiene razón, de algún modo. Porque todos coinciden, en sus teorías, en un elemento básico: la coherencia narrativa.

El pensamiento, la historia y (sí, también) la ciencia, es decir, la Cultura con C mayúscula, no es ni más ni menos que un relato. De ahí que el libro fundamental para el desarrollo y entendimiento de todo el paradigma cultural de occidente diga que “en el principio fue El Verbo”; de ahí todos los sistemas mitológicos, tejidos en base a historias, cuentos y metáforas. Cualquier narración, por tanto, cimentada en información sólida, estructurada de forma congruente y desarrollada según los criterios de la lógica temporal, es susceptible de ser convertida en realidad consensual.

La Cultura es un relato, y no sólo eso, sino que es un relato que configuramos entre todos, ya sea generando personajes, contextos y argumentos como dotándolos de validez y entidad. Un ejemplo sencillo: los departamentos de management y marketing de Island Records, tras leer correctamente las estadísticas de consumo de las adolescentes americanas y fundamentándose en la ya larga historia de las Boy Bands y los Chicos de Carpeta, deciden que es narrativamente coherente (y, por tanto, potencialmente lucrativo) generar el producto Justin Bieber. Acto seguido, la apuesta de la discográfica se ve ratificada por las miles de seguidoras y consumidoras a las que iba dirigido el producto, las cuales, conscientemente o no, han decidido que el tal Justin Bieber cumple de forma coherente con la narrativa de su zeitgeist, con el espíritu de los tiempos que les han tocado vivir.

Por supuesto, el ejemplo anterior apenas define una línea argumental mínima dentro de la vasta trama cultural, y es sólo una aproximación tardo-capitalista y torticera al modelo futurológico; pero sus mecanismos sirven casi a la perfección para explicar la generación de prácticamente cualquier tendencia masiva en el entramado del pop contemporáneo: de los megataquillazos de Hollywood a Cincuenta Sombras de Grey, del IPhone a Sálvame.

Sin embargo (y es por eso que hablamos de que los mecanismos que han ensalzado a algo como Justin Bieber son “casi” perfectamente válidos; sólo “casi”), en los últimos años, los dedicados a ese análisis de los cambios de paradigma y su prospección se han topado con una variable que, aun fascinante y ligeramente peligrosa, forma parte intrínseca de la Cultura contemporánea y redefine de forma radical la idea de coherencia con vistas a cualquier tipo de narrativa futurológica que se pretenda formular: la atemporalidad.

Los relatos culturales en línea recta, de sujeto-verbo-predicado engarzados en estructuras de presentación-núcleo-desenlace-coda, que tan bien sirvieron para desarrollar y hacer prevalecer a la industria del entretenimiento en el pasado siglo XX, como antes habían servido para instalar en cómodas posiciones de poder al arte y la literatura, han quedado, en esta primera década del XXI, obsoletos. En gran medida gracias, primero, al enorme salto en el desarrollo de las tecnologías de consumo y la irrupción y posterior democratización de nuevos medios de comunicación y, después, de la aceleración del coeficiente de información (las tendencias se suceden cada vez más rápido, comprimiéndose su duración de años a meses, de meses a semanas, de semanas a días…), resultando en una desfragmentación del tiempo nunca antes vista.

Ahora, todos los momentos son ahora. El tiempo narrativo de la cultura pop está tan desecho, que bien podría no existir ya tiempo narrativo alguno. La línea argumental protagonizada por Justin Bieber convive con la línea propuesta por grupos de electrónica “hauntológica”, que basan su música en la baja fidelidad y la incorporación de sonidos fantasmales viajando desde un pasado idealizado por sobreexposición, la cual a su vez convive con la nueva filosofía DIY planteada por sellos doom metaleros como Neurot o Hydra Head… Una película muda y en blanco y negro gana un Oscar a la mejor cinta, al tiempo que el 3D se impone en todas las salas, volviéndose conditio sine qua non de cualquier gran estreno de temporada… La literatura minimalista, la maximalista, la experimental y la de género comparten espacio en las librerías, mientras los best-sellers a base de refritos copan las listas de libros más vendidos, y hay en circulación tantas revistas digitales especializadas como fanzines fotocopiados… En esta tesitura, el planteamiento de probables escenarios futuros parece de antemano imposible. Pero no lo es. Si esta atemporalidad que estamos habitando es coherente con la narrativa cultural (y acabamos de comprobar que, en efecto, así es), debería ser factible proyectar futuros también coherentes. Basta con tener en justa consideración a esa misma atemporalidad.

Quizá necesite de mucha más imaginación aún de la que ha requerido hasta la fecha, de mayor precisión y de estar mucho más atento al más mínimo cambio en el viento; quizá habrá que aniquilar el concepto mismo de futuro y la que venga será una futurología del presente perpetuo. Lo que está claro es que la Cultura, hoy, es un relato fragmentario, precioso en su aparente incoherencia. Un cuento raro y cacofónico para antes de ir a dormir, que sólo se aclara al soñar con él.

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2 Responses to ATEMPORAL

  1. Ultra VGA says:

    Buenas.

    Yo diría que el meollo está en que la Cultura existe incrustada en el Tiempo, es presa, como tantas otras cosas, de la Entropía. La soda no puede volver a la botella de soda una vez derramada.

    Tal vez nos estemos reprogramanado con esto de la atemporalidad, pero llevará tiempo, si es que no petamos antes.

    Saluti.

  2. Bea says:

    Totalmente de acuerdo. Me ha gustado mucho el concepto de ‘futurología del presente perpetuo’.

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